6 de diciembre de 2017

«La Nueva Constitución»



Este texto forma parte de los escritos publicados por Leslie Cross durante su etapa de vicepresidente de la Asociación Vegana [The Vegan Society] en el Reino Unido, Hasta donde yo sé, fue Cross el primero que postuló la idea que más tarde se conocería como liberación animal, esto es, la idea de que los animales deben ser liberados de la dominación humana. Aunque un germen de esta idea estaba señalado ya en el primer boletín de Vegan Society escrito por Donald Watson —y también puede encontrarse en los escritos de autores anteriores como Henry Salt y Leonard Nelson— fue Cross el primero en exponerla de manera clara y directa, mucho antes de que se empezara a hablar de ello en el ámbito animalista ya en la década de los 70 del siglo XX. Sabemos que el movimiento que él intentó poner en marcha no cuajó como era su propósito,  y eso nosotros no lo podemos arreglar, pero lo que sí podemos hacer es mantener y continuar con su espíritu de liberación.

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La Nueva Constitución

Leslie Cross

Primavera 1951


Junto con cada copia de este número de The Vegan enviada a los miembros se encuentra una copia de las nuevas normas, con una formulario para ser rellenado y enviado a la nueva secretaria, la señora Hilda Honeysett en el 38 de Stane Wey, Ewell, Surrey.

Este texto pretende ser una explicación de los puntos más importantes acerca de las nuevas normas que la Asociación Vegana ha adoptado en su Reunión General Especial en Londres a 11 de noviembre de 1950. Debemos recordar que cuando la sociedad fue fundada en 1944, no había normas, y que esta situación se mantuvo hasta marzo de 1947, cuando se adoptaron unas normas que sirvieron hasta ahora. Desde hace tiempo, sin embargo, se ha mostrado evidente que con el desarrollo del veganismo, el primer conjunto de normas ya no era capaz de proveer a la Asociación de una constitución lógica y sabia. La gran diferencia entre las antiguas y las nuevas normas es que esa incapacidad se ha transformado en virtud.

Nuestras normas no son meras regulaciones, ni son simplemente un boceto de nuestros planes de trabajo. Por supuesto que son regulaciones y describen el tipo de funcionamiento que hemos acordado, pero hacen algo más que eso —alumbran y protegen nuestros ideales. Ellas establecen de forma precisa, y bajo la autoridad corporativa de la Asociación, el fin último al que aspiramos. La ausencia de este tipo de orientación fue la mayor deficiencia de las antiguas reglas; si bien hay que recordar que cuando fueron adoptadas la Asociación no había evolucionado hasta el grado en el que pudiéramos acordar nuestro propósito final.

Habiendo establecido nuestro objetivo acordado, y definido oficialmente la palabra «veganismo», hemos encontrado nuestro denominador común, y hemos llevado a su fin la peligrosa y siempre presente posibilidad de desintegración.

El objetivo del Movimiento Vegano ["terminar con la explotación de los animales por la humanidad"] es aclarado en el significado de explotación por la norma 4(a), la cual compromete a la Asociación en "buscar el fin del uso de animales por parte de la humanidad para alimentación, productos, trabajo, caza, vivisección, y todos los usos que implican explotación de la vida animal por la humanidad". Habiendo adoptado esta norma, la Asociación se ha posicionado claramente del lado de los libertadores; así pues no es el bienestar lo que buscamos, sino la libertad. Nuestro propósito no es hacer más tolerable la presente relación entre la humanidad y los animales —la cual si es vista honestamente se trata de una relación entre amo y esclavo— sino abolir esta relación y reemplazarla por algo más adecuado a una humanidad civilizada. En resumen, nuestro propósito es lograr la liberación de los animales —para devolverlos al equilibrio y salud de la naturaleza, que es donde está su lugar, y así terminar con el error histórico perpetrado cuando el primer hombre decidió que tenía el derecho a explotar y esclavizar a los animales.

El segundo aspecto general del propósito vegano se encuentra en sus efectos sobre la evolución humana. Aparte de la abolición de una enorme carga de crueldad que está constantemente vinculada a retornar sobre la propia humanidad como un bumerán, hay que recordar que en cualquier relación de amo y esclavo, el mayor y más profundo daño es padecido no por el esclavo sino por el amo. Hasta que la presente relación entre la humanidad y sus semejantes sea reemplazada por una coexistencia en un relativo plano de igualdad, la búsqueda de la felicidad por parte de la humanidad está condenada a una dolorosa y trágica frustración.

Estos son los efectos generales de la nueva constitución, pero hay otros aspectos que debemos quizás mencionar. Ahora es posible unirse a la Asociación tanto como miembro de pleno derecho o como afiliado, y el comité preguntará a cada miembro sobre en cuál categoría desea participar. Esto resultá de ayuda para hacer notar que las nuevas normas definen al miembro como aquel individuo que asume los principios veganos como forma de vida hasta donde le sea posible según las circunstancias. En otras palabras, se requiere ser honesto con uno mismo y honesto en este contexto significa también razonable. Nadie debería negarse a sí mismo los beneficios de una plena membresía sólo porque las circunstancias impidan alcanzar un mayor grado de coherencia de la que sería deseable. Lo más importante es ser vegano en espíritu y entonces hacer lo que mejor de lo que uno es capaz. Un afiliado es quien está de acuerdo con nosotros como principio pero que no está dispuesto a llevarlo a la práctica. La línea de demarcación es, por tanto, no la rígida coherencia sino el esfuerzo.

La subscripción anual se ha elevado y la membresía vitalicia cuesta 7 guineas. El Comité ha decidido que la subscripción anual cubrirá desde el 1 de enero al 31 de diciembre y será cobrada el 1 de enero de cada año.

Otra importante función creada por las nuevas normas es incrementar la unidad del movimiento haciendo posible que el Grupo Vegano de Londres deje de ser un grupo separado y se integre como una rama de la Asociación Vegana. Constitucionalmente, el Grupo Vegano de Londres es más antiguo que la Asociación Vegana y que es una organización por propio derecho. Al haber permitido integrarse como una rama de la Asociación, las nuevas normas abren el camino para que el Grupo Vegano de Londres se integre a sí mismo en un movimiento unido.

Tal vez no sea necesario señalar que la nueva constitución marca un nuevo nacimiento para la Asociación Vegana. Esto debe ser leído y comprendido por todos quienes tengan intención de unirse a nosotros, recogido e integrado en palabras que son necesariamente formales, yace todo aquello que defendemos y esperamos, en un glorioso día, conseguir.

Texto original: The New Constitution

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La lista completa con los otros textos de Leslie Cross traducidos al español:

22 de noviembre de 2017

La metáfora del grifo





Hay dos formas de afrontar un problema: intentar reprimir sus consecuencias o intentar eliminar la causa que lo provoca. En este artículo se intenta explicar, recurriendo al uso de una metafóra, por qué los abolicionistas consideramos que es prioritario centrar nuestros esfuerzos en erradicar la causa de la violencia contra los animales, lo cual eliminaría necesariamente sus consecuencias.

Imaginemos que el problema de la explotación animal es como un grifo que está abierto al máximo y cuya agua fluye a través de un colador. El grifo abierto representa el impulso de explotar a los animales y la corriente de agua representa a la población humana que considera que la explotación de los animales es aceptable y que son moralmente inconscientes acerca del daño injustificado que están infligiendo a los animales.

Ahora, imaginemos también que pretendemos evitar ese chorro de agua tratando de tapar cada agujero en ese colador. A esta forma de afrontar el problema es lo que en el ámbito del activismo denominamos como la campaña monotemática. La campaña monotemática intenta eliminar una determina forma de explotación animal, ignorando a menudo al 99% de los animales explotados que no entran dentro de esa determinada explotación particular.

Cada vez que apoyamos una campaña monotemática estamos centrando nuestros esfuerzos en intentar tapar un agujero de ese colador. Por ejemplo, la campaña en cuestión consigue clausurar algún circo, alegando que “maltratan” a los animales, o consiguen que se prohíban las corridas de toros o impulsan que en China dejen de comer perros. Mientras intentamos tapar un agujero el resto permanecen ignorados.

Ahora, supongamos que con cada “victoria” un agujero en ese colador se cierra. El agua continúa fluyendo casi igual de fuerte ya que la mayoría de los humanos aún piensa que la explotación animal es aceptable, puesto que las campañas monotemáticas no conllevan el mensaje que el uso de animales es lo que está moralmente mal. De este modo, el agua acaba desbordando por nuevas vías de transcurso, es decir, la explotación animal continúa intacta pero en una dirección ligeramente distinta. Así ocurre que se abren nuevos agujeros —nuevas formas de explotación animal— y debido a la misma presión otros ya existentes se van agrandando.

Una forma diferente de afrontar el problema es la educación vegana. A diferencia del activismo monotemático, lo que la educación vegana pretende no es tapar los agujeros del colador sino cerrar el grifo. Piensen en ello. Si tenemos la posiblidad de cerrar el grifo mediante la difusión educativa del veganismo como la única respuesta moralmente aceptable ante el problema de la explotación animal, consiguiendo que la gente reconozca a los animales como miembros de la comunidad moral — como personas no humanas — entonces la abrumadora existencia de muchos agujeros en el colador ya no sería relevante. Al cerrar el grifo, el agua deja de correr y así todas y cada una de las miles de explotaciones particulares que cada campaña monotemática pretendía eliminar una a una ha sido erradicada de forma global.

Por cada nuevo vegano, el grifo es cerrado en una pequena fracción. Ahora, podemos, y debemos, elegir. Los recursos son limitados: el tiempo, dinero y energía que gastemos en una campaña no podemos emplearlo en otra. Podemos elegir emplear nuestros esfuerzos en educar a la gente acerca de por qué necesitamos ser veganos si queremos respetar a los animales y de este modo trabajar para cerrar el grifo progresivamente. O, por otro lado, podemos intentar tapar infructuosamente cada agujero del colador al mismo tiempo que el resto se agrandan u otros nuevos se abren.

Yo elijo intentar cerrar el grifo.


10 de noviembre de 2017

Charles Danten y la cuestión de las mascotas




Charles Danten es un veterinario canadiense, ya jubilado, y también es autor de un libro traducido al español y titulado «Un Veterinario Encolerizado: Ensayo Sobre la Condicion Animal». No he tenido la oportunidad todavía de consultar dicho libro, pero en este artículo que publico aquí, titulado originalmente «People who love animals should not own pets», su autor expone un alegato en contra del uso de los animales como compañía —es decir, como mascotas— basado en gran parte en su experiencia profesional sobre los múltiples daños que esta práctica ocasiona sobre los animales.

Me pareció interesante traducirlo por ser un tipo de explotación animal tal vez poco analizado en el activismo animalista, en comparación con otros como la alimentación o el entretenimiento o la experimentación. Sobre esta cuestión en concreto también pueden leer las interesantes reflexiones de Gary Francione y de Tom Regan, y también las mías propias en un ensayo anterior de este blog.

Esos artículos ayudan a plantear el problema del mascotismo dentro un contexto moral —como una parte del problema general del especismo y la explotación— mientras que este artículo de Danten señala los problemas que causa el uso de animales como mascotas desde una perspectiva más empírica. Pienso que antes de emitir un juicio sobre esta cuestión es necesario reflexionar de manera atenta sobre la relación que hemos establecido con los demás animales en todos sus aspectos —una relación claramente basada en la dominación y el beneficio para los humanos a costa del perjucio para los animales— con todos los datos y argumentos que podamos abarcar.

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La gente que ama a los animales no debería tener mascotas

Charles Danten

Octubre 2014


La explotación de las mascotas es mucho más cruel, en su hipocresía y sofisticación, que cualquier otra forma de explotación animal, incluyendo la ganadería industrial, la producción de fuagrás, y la vivisección.

Es generalmente creído que las mascotas nos hacen más humanos, mejoran nuestra salud, aumentan nuestro bienestar y longevidad. Pero mientras que algunos investigadores han anunciado sobre efectos positivos a corto plazo, similares al placebo, como consecuencia de nuestra interacción con los animales, otros han encontrado en convincentes estudios cuantivos a gran escala que la salud y la felicidad de los propietarios de mascotas no es mejor, y en algunos casos es peor, que la de aquellos que no poseen mascotas.

Es ampliamente creído que los animales se benefician tanto como nosotros de la relación humano-animal. Pero nada podría estar más alejado de la verdad,

Debido a la relación que imponemos sobre ellos, todas las mascotas por definición permanecen infantiles, nunca alcanzan ningún nivel de autonomía o madurez emocional. El mantenimiento de este apego infantil fomenta la existencia de un permanente estado de ansiedad. Esto se traslada clínicamente a varias enfermedades psicosomáticas como colitis, inflamación de la vejiga, y problemas de piel. Problemas psicológicos como fobias, auto-mutilación, y ansiedad están muy extendidos y son frecuentes como problemas ligados a la dominación, el miedo y la ambivalencia. Estos animales son a menudo severamente castigados o abandonados por sus propietarios quienes son incapaces de comprender el sentido de estas neurosis, las cuales interpretan erróneamente como alguna clase de defecto en el carácter del animal. Los tratamientos curativos están destinados a fracasar, en tanto que esas enfermedades están ligadas al hecho de ser una mascota y en una relación que es fallida en su origen.

La vacunación por motivos comerciales y financieros está matando a miles de animales cada año. Diversas mutilaciones como el desgarramiento de los gatos, el corte de orejas, la esterilización y castración, para hacer a los animales más cómodos y fáciles de controlar, están causando una indecible miseria a los animales. Un animal sin estas mutilaciones resulta menos atrayente para los humanos y más difícil de controlar; esto es por lo que se realizan las esterilizaciones.

El cuidado de la salud animal en sí mismo es un subtipo del abuso animal. Es un tipo de pensamiento ilusorio creer que una mascota puede comprender y apreciar de alguna forma las buenas intenciones que motivan el cuidado veterinario. Esto está simplemente por encima de sus capacidades cognitivas. Un animal no es consciente de estar siendo "reparado" más de lo que lo es un coche, salvo por una diferencia esencial: los animales son seres sintientes perfectamente conscientes del dolor que infligimos sobre ellos por razones que están más allá de su comprensión. Desde su punto de vista, un hospital veterinario es indistinguible de un potro de tortura. 


Les causamos enfermedades de innumerables maneras por un lado, luego nos beneficiamos de ello por el otro. Este absurdo sugiere que nuestra preocupación por la salud de las mascotas tiene mucho más que ver con satisfacer nuestras necesidades que con cualquier otra cosa.


La explotación sexual, una cuestión tabú en nuestra bienpensante sociedad, está extendida en todas las áreas de la vida. La inmoralidad de convertir a un animal en mascota abre las puertas a toda forma concebible de explotación.

Según un cable de la embajada de Estados Unidos publicado por Wikileaks en el año 2005, el tráfico de animales salvajes, 
a nivel global, cuyo principal mercado es la industria médica oriental, la industria de la moda, y la industria de mascotas en Estados Unidos y Europa "mueve entre 10 y 20 billones de dólares estadounidenses cada año, situándose en tercer lugar después del tráfico de armas y el tráfico de drogas". Por un canto y un poco de exotismo, los hábitats y los incubadores naturales de todo el mundo están siendo destruidos.

Cuando están preparados, los animales fértiles se convierten en objeto de una intensa cría por parte de profesionales y aficionados, lo que rápidamente repercute en su deterioro. Hay más de 300 enfermedades genéticas debilitantes e incurables en las mascotas, la mayoría de ellas causadas por la cría y el consumismo.

Los animales son afectados con deliberadas características anatómicas que convierten sus vidas en una pesadilla. Perros y gatos procedentes de la cría braquicéfala [dogos, bulldog inglés, boston terrier, pekinés, persa, himalayo,...] por ejemplo, se caracterizan por un cráneo atachado y ojos saltones, a menudo sufren por el solo hecho de respirar.

Las condiciones físicas de la cautividad también conllevan daños. Según la doctora Karen Overall, una veterinaria especializada en etología animal, sólo el 1% de la población sabe algo acerca de los animales que mantienen en cautividad. Confinados en espacios pequeños durante toda su vida, encerrados mientras sus dueños hacen su vida, la mayoría de mascotas conocen una existencia tan limitada como aburrida como la de los prisioneros o los esclavos.

La propia naturaleza de la comida que damos a las mascotas es también la causa de muchos dolorosos problemas de salud.

Millones de animales son destruidos cada año en lugares eufemísticamente denominados refugios. Otros, que nunca serán adoptados porque tienen defectos psíquicos o físicos irremediables, pasan su vida encerrados en refugios que no matan animales, a merced de la compasión de buenos samaritanos, quienes se complacen a sí mismos al insistir en mantener a estos animales con vida, como una cuestión de principio, a menudo durante años, bajo condiciones miserables desde el punto de vista del animal.

La lista no termina aquí. El vínculo humano-mascota está lejos de ser la panacea terapeútica que proclaman los apologistas de la tenencia "responsable" de animales. Al contrario, esto es mutuamente autodestructivo y destructivo para el mundo natural.

Si aceptan todas estas falacias descritas, la adopción y los derechos de los animales son causas que se anularán en el deseado objetivo de salvar animales y amplificarán el espantoso efecto de promover el consumismo, con todas sus inseparables atrocidades. Sería equivalente a pagar un rescate a los terroristas por los rehenes. No hacemos esto porque sabemos que sólo alimenta el problema en un círculo vicioso.

Las iniciativas educativas que provean una mirada honesta sobre la naturaleza de nuestra relación con el mundo animal sería tremendamente más fructíferas que las lecciones aprendidas de la explotación de las mascotas. En este caso, los animales no son los únicos que pierden; los niños se convierten as sí mismos en mascotas cuando son rebajados y adoctrinados a creer desde sus primeros años que una vida sin mascotas es impensable y que el amor y la crueldad se pueden mezclar.

Una vez que su mascota muera de muerte natural, por ejemplo, puede usted elegir vivir tu propia vida, si lo desea, poniendo fin a este barbarismo de forma optimista. No seamos rehenes de aquellos que se benefician de esta abominación.

Si de verdad amamos a los animales, los dejaremos vivir en sus propios términos.


Artículo original en inglés: «People who love animals should not own pets»


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El artículo de Danten es obviamente controvertido pero necesario. A diferencia de casi todos los artículos que tratan sobre la cuestión de las mascotas, en este caso el autor analiza el asunto no centrándose en el supuesto beneficio para los humanos —antropocentrismo— que proporciona el uso de animales como mascotas sino centrándose en el perjuicio que el mascotismo causa a los animales.

Mientras que en el mundo natural la presión de la selección adaptativa favorece que prosperen los individuos sanos, en el contexto humano los animales son seleccionados no para favorecer su beneficio —su salud, su inteligencia, o su autonomía— sino sólo para adecuar sus cuerpos a proporcionar un determinado servicio a los humanos; lo cual favorece la aparición y perpetuación de numerosas discapacidades y enfermedades. Danten sólo menciona algunas pero el listado de padecimientos que soportan los animales por culpa de la dominación humana sería interminable.

Debo señalar que hay algún punto del texto con el que yo no estaría de acuerdo. Por ejemplo, afirma Danten que algunos refugios de animales insisten en mantener con vida a sus animales a pesar de que sus "condiciones de vida" son deplorables. Esto sugiere que él propondría la eutanasia para esos casos. Yo no estaría de acuerdo con esto. La eutanasia es el nombre que damos a la acción de dar muerte a un individuo en su propio beneficio cuando sus condiciones naturales de vida son tan miserables que su vida se convierte en una especie de tortura. Estas condiciones suelen ocurrir cuando se produce una enfermedad terminal y degenerativa que ocasiona dolor crónico. En este caso entendemos que dar muerte al paciente con su consentimiento puede ser moralmente aceptable en tanto que no existe otra forma de remediar su situación. Pero la eutanasia no puede darse en el caso de los animales porque ellos no pueden darnos su consentimiento. La eutanasia —para no ser asesinato— requiere de una serie de condiciones y el consentimiento informado y explícito es una de ellas. Sabemos que los animales tienen un interés inherente en vivir pero no podemos saber que ellos eligen o prefieren morir en determinada circunstancia. Muchos humanos no aceptan la eutanasia incluso en las peores condiciones pensables, así que no podemos nunca dar por hecho que determinada situación de salud de un animal conlleva que sea aceptable matarlo deliberadamente de forma legítima.

Dicho esto, es importante aclarar, por si acaso, que Danten no se opone a la adopción; se opone en este caso a que los animales sean utilizados para satisfacer deseos y necesidades humanas. Son dos cosas muy distintas. Una cosa es ayudar a un animal porque ha sido víctima de los humanos y necesita refugio, y otra cosa muy distinta es utilizar a un animal para que nos sirva de compañía en nuestro propio beneficio. 


25 de octubre de 2017

¿Y qué pasa con los seres humanos?




Hay una serie de objeciones clásicas que se suelen presentar sobre el veganismo. Ya he hablado de algunas de ellas —como es el tema de la consideración de las plantas o la cuestión del medio ambiente— pero hasta ahora no había hablado de una objeción que consiste en acusar a los veganos de no preocuparse por los seres humanos. Sobre este punto tengo algunos pensamientos que me gustaría exponer aquí.

Primero; es prioritario aclarar que el veganismo se refiere a la explotación animal, es decir, al sometimiento de los animales no humanos como medios para los fines humanos, desde el punto de vista ideológico y práctico. Por tanto, el veganismo no tiene que ver con la explotación de seres humanos; del mismo modo que el feminismo se refiere a la dominación machista sobre las mujeres por parte de los hombres, y no a otras cosas. El veganismo se refiere específicamente a los animales no humanos porque son ellos las víctimas del antropocentrismo y la opresión basada en ese prejuicio. El veganismo sólo se refiere a los no-humanos de la misma manera que el feminismo se refiere sólo a las mujeres en tanto que ellas son las víctimas del machismo, y no los varones. Por tanto, no es que el veganismo decida excluir a los humanos; es que los humanos no son las víctimas de la injusticia específica que pretende denunciar y resolver el veganismo, y para lo cual fue surgido como movimiento. El veganismo denuncia la creencia de que los humanos tienen derecho a dominar y explotar a los demás animales. Esta creencia —el antropocentrismo— no victimiza a los humanos sino sólo a los no-humanos. Por esta razón, no tendría sentido que el veganismo incluyera a los humanos, puesto que estaría desviando la atención de esa injusticia específica que hizo nacer el veganismo y la cual pretende visibilizar y resolver.

Segundo; el hecho de que alguien sea vegano no implica que su vida esté necesariamente libre de explotación de seres humanos. Ser vegano quiere decir que rechaza la explotación de los animales no humanos; de la misma manera que ser feminista quiere decir que rechazas la opresión machista sobre las mujeres. La ética no termina ni se limita al veganismo —ni al feminismo. El veganismo es una parte de la ética y no su totalidad. El veganismo se refiere al problema concreto de la explotación animal y no a otras injusticias que, sin duda, también son importantes y merecen atención, pero no más atención que la injusticia que es la opresión sobre los animales. Por tanto, señalar que los humanos son explotados no es una objeción válida contra el veganismo. Señalar que los varones son explotados no justifica explotar a las mujeres, y viceversa. Reconocer que la explotación de seres humanos existe no valdría en modo alguno para ignorar o excusar la explotación sobre los otros animales.

Tercero; mi experiencia me señala que esas personas que empiezan a hablar de los seres humanos cuando aparece la cuestión del veganismo por lo general no evitan participar en aquellos productos que al parecer conllevan explotar a seres humanos, ni tampoco aportan ninguna alternativa práctica que sirva para acabar con esa explotación. En cambio, los veganos sí aplican iniciativas prácticas y concretas para evitar la explotación de los animales y terminar con ella. Preguntemos a esas personas qué se supone que hacen ellas para acabar con la explotación de seres humanos que han mencionado y cuáles soluciones viables plantean para que todos las pongamos en práctica. La respuesta en la mayoría de casos suele ser: nada. En serio, hagan la prueba. Casi siempre compruebo que es sólo un intento de desviar la cuestión sobre los animales y no el reflejo de una preocupación sincera sobre las injusticias que padecen los seres humanos.

Cuarto; que haya explotación de seres humanos no justifica que participemos en la explotación de los animales no humanos. No deberíamos apoyar ninguna explotación sobre seres sintientes en la medida de lo posible. Los veganos al menos no participan directamente en la explotación de los animales. Los no-veganos suelen participar en esa misma explotación de seres humanos que suelen mencionar y, además, también en la explotación animal. En realidad, me parece que la mayoría de veganos suelen preocuparse también de evitar la explotación de seres humanos en lo posible; pero no porque sean veganos sino porque la ética engloba a todos los seres conscientes. Mucho antes de hacerme vegano ya estaba radicalmente en contra de la esclavitud y el canibalismo y cualquier forma de explotación sobre seres humanos. Hacerme vegano significó extender esa misma consideración moral a los demás animales sintientes e intentar llevarla a la práctica. Entiendo que este proceso fue similar en muchos otros veganos.

Quinto; la filosofía de los Derechos Animales ya engloba a todos los animales sintientes —incluyendo a los seres humanos— y es una filosofía ética que pretende que todos los individuos sean tratados con el respeto moral a su valor inherente. Así que siendo veganos no estamos excluyendo a los humanos de la comunidad moral sino que estamos incluyendo a los no-humanos injustamente discriminados. El veganismo es la base del movimiento que pretende acabar con la discriminación sobre los otros animales y reconocerlos como miembros de la comunidad moral. Para que esto suceda es necesario que los demás animales dejen de ser considerados como objetos y recursos para beneficio humano, es decir, que se les reconozca un derecho fundamental de no ser propiedad; al igual que ya reconocemos este derecho básico entre humanos. En todo caso, dado que el veganismo se fundamentaría moralmente en un principio de respeto moral a todos los seres sintientes, cuando argumentamos en favor del veganismo estamos también fomentando indirectamente el respeto a todos los seres dotados de sensación —incluyendo a los humanos.

3 de octubre de 2017

"Los maté porque eran míos"



El pasado mes de agosto se difundió la noticia de que unos cerdos rescatados de morir en un incendio terminaron convertidos salchichas en una cena de los mismos bomberos que los habían rescatado. Curiosamente, vi a mucha gente en los foros mostrándose extrañada e incluso escandalizada. A mí no me extrañó lo más mínimo.

Lo que sí me extrañó un poco, aunque quizás no debería, es que alguien pueda creer que proteger circunstancialmente a los animales equivale a tener consideración moral por ellos. No es así. Actuar para proteger a los animales puede tener motivaciones puramente egoístas y nada altruistas. Aquí vemos un ejemplo de tantos. Si los cerdos se hubieran quemado en el incendio entonces los humanos no habrían podido beneficiarse de usarlos para comida. Por eso los salvaron.

Los cerdos fueron rescatados del incendio igual que hubieran sido rescatados unos televisores o unos automóviles o cualquier otra propiedad considerada especialmente valiosa. Todas las actuales iniciativas que afirman "proteger" a los animales —como es el caso de la posición del "Bienestar Animal"— sólo pretenden proteger la propiedad animal en beneficio de sus propietarios: los humanos. Cualquier supuesta protección de los intereses de los animales en el contexto presente es en realidad una protección derivada del interés humano en el valor instrumental de estos animales. Dado que nuestra sociedad no reconoce que los animales posean un valor inherente, el trato que les otorgamos depende siempre del valor económico o sentimental que ellos tengan para nosotros y no del valor intrínseco que tienen sus propias vidas para ellos.

Tal y como explica en su trabajo el profesor Gary Francione, el hecho de que los animales estén sometidos al estatus de propiedad significa que sus intereses, incluso sus intereses más fundamentales, estarán siempre supeditados al beneficio que los humanos puedan obtener al vulnerarlos. Lo que les sucedió a esos cerdos es consecuencia directa de esa visión instrumentalista que rige nuestra relación con los animales. Millones de animales son esclavizados y masacrados cada día para servir de alimento, de vestimento, de entrenimiento, de transporte, de sujetos forzados en experimentos. Los hemos cosificado como productos para nuestro consumo.

Éste es el problema principal: los animales no humanos son propiedad de los seres humanos. Todos los animales son considerados de alguna manera como medios para los fines humanos y así es cómo nos relacionamos con ellos. El problema no es que exista en sí misma la noción de propiedad sino que el error moral reside en el hecho de que sea aplicada a los animales. Aplicar el concepto de propiedad sobre los seres humanos es una situación que denominamos como esclavitud. ¿Si la esclavitud es injusta sobre seres humanos por qué no lo sería igualmente sobre los otros animales? La especie no es un criterio moralmente más relevante de lo que sería la raza o el sexo.

Esa visión de los animales no humanos como esclavos de los humanos es una herencia cultural que hemos recibido del pasado remoto y que nos inculcan desde la infancia, generación tras generación. La práctica de utilizar a los animales es un hábito que adquirimos en la medida en que asimilamos la ideas y las costumbres propias de la sociedad en la que crecemos. Por esto, explotar a los animales nos parece tan "natural" como respirar. De ahí que a menudo nos resulte tan difícil reflexionar y evaluar esta situación con un mínimo de imparcialidad. Si bien, aquello que ha sido adquirido a través la educación puede también ser modificado mediante la propia educación.

En esta línea de análisis, me gustaría recordar de nuevo unas esclarecedoras palabras del filósofo Tom Regan acerca del error central que reside en nuestra actual relación con los demás animales:
«Lo que está mal —fundamentalmente mal— en la forma en que se trata a los animales no son los detalles que varían en uno y otro caso. Es todo el sistema. La desolación del ternero es patética, desgarradora; el dolor palpitante del chimpancé con electrodos profundamente plantados en su cerebro es repulsivo; la muerte lenta, tortuosa, del mapache atrapado en el cepo es angustiosa. Pero lo que está mal no es el dolor, no es el sufrimiento, no es la privación. Esto se combina con lo que está mal. A veces —a menudo— hacen que el mal sea mucho, mucho peor. Pero no son el mal fundamental. 
El mal fundamental es el sistema que permite ver a los animales como nuestros recursos, como para nuestro uso —para ser comidos, o manipulados quirúrgicamente, o explotados deportiva o económicamente. Una vez que es aceptada esta manera de ver a los animales —como nuestros recursos— el resto es tan predecible como lamentable. ¿Por qué preocuparnos por su salud, su dolor, su muerte? Desde el momento en que los animales existen para nosotros, para beneficiarnos de una u otra forma, lo que a ellos les dañe no tiene verdadera importancia —o importa sólo si empieza a molestarnos, como cuando comernos nuestro escalope de ternera nos hace sentir incómodos, por ejemplo. Entonces sí, libremos al ternero de su confinamiento solitario, démosle más espacio, un poco de paja, algunos compañeros. Pero sigamos con nuestro escalope de ternera.»
La situación de los animales no va a cambiar significamente mientras sigamos creyendo que ellos son nuestra propiedad. Por esto, un movimiento de Derechos Animales que aspire a un cambio significativo debería centrarse en reivindicar para todos los animales el derecho básico a no ser tratados como propiedad. Y el reconocimiento de este derecho comienza necesariamente en el veganismo. No es posible que los animales dejen de ser tratados como propiedades si antes no dejamos de tratarlos como recursos, de utilizarlos y consumirlos en nuestro día a día.

¿Recuerdan aquella conocida expresión machista de "la maté porque era mía" que algunos asesinos alegaban como un intento de justificar su crimen? Esa expresión refleja el mismo pensamiento esclavista que aplicamos a los animales. Consideramos que ellos son "nuestros", que nos pertenecen, que son nuestra propiedad, y por eso los utilizamos de comida, de vestimenta, de mascotas. De aquella forma de pensar proviene la violencia que sistemáticamente infligimos contra ellos.

Sin embargo, para una gran parte de la población humana podría resultar dificultoso o casi imposible de asimilar la idea de lo que los animales tienen un derecho fundamental de no ser propiedad si antes no comprende una serie de ideas básicas: [1] que los animales son seres conscientes, [2] que no está bien hacerles daño sin una razón que lo justifique y [3] que el uso de animales es intrínsecamente dañino y [4] no necesitamos utilizar a los animales para satisfacer nuestras necesidades y tener una buena calidad de vida.

No vale sólo con oponerse y denunciar la explotación de los animales si al mismo tiempo no centramos nuestros esfuerzos en una labor pedagógica que erradique esa mentalidad especista que nos ha sido inculcada y que determina nuestras creencias y costumbres actuales.

24 de septiembre de 2017

La carne de laboratorio a debate




Hace unos meses, en el blog de filosofía Sapere Audeme encontré con un artículo elogiando la carne de laboratorio o carne in vitro. Sobre este proyecto ya expuse una crítica en un ensayo anterior de este mismo blog. Tras un intercambio de mensajes, y por algún motivo que no quiso comunicarme, el autor de aquel blog decidió no publicar mi última réplica. Yo he decidido publicarla aquí, aunque se entiende mejor leyendo el debate completo:

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Los estudios que has listado sólo indican que el ser humano consumió carne en la prehistoria. Nada más. No demuestran, ni lo pretenden siquiera, que el consumo de carne influyera de forma fundamental en la evolución del cerebro humano y su inteligencia. Otros estudios sobre el desarollo evolutivo de la inteligencia humana indican que fue el invento de cocinar lo que influyó en la evolución humana; pero también se cocinaron toda clase de vegetales, algunos de los cuales no serían comestibles sin haber sido cocinados. Teniendo en cuenta que no hay ningún nutriente que nuestros antepasados prehistóricos no pudieran obtener de los vegetales, la hipótesis de que el consumo de carne influyó en la evolución de la inteligencia humana no tiene consistencia ni siquiera lógica.

Para no extenderme más, enlazo a este artículo recientemente publicado que explica que la hipótesis de que el consumo de carne influyó en la evolución de la inteligencia humana no ha sido demostrada; que a día de hoy no sabemos realmente cómo ni por qué la inteligencia humana se desarrolló como lo hizo, y que otras hipótesis diferentes tienen bastante más sentido para explicar la inteligencia humana.

La carne de laboratorio daña a los animales. Daña su vida, daña su salud, daña su libertad, daña su integridad física. Los animales utilizados para experimentar la carne de laboratorio no llevan ninguna vida diferente a la de los animales utilizados para obtener carne tradicional. Están sometidos en granjas y terminan asesinados en mataderos. La única diferencia es que les extraen biopsias periódicamente. Por cierto, son biopsias, no sólo muestras de sangre, lo que se utiliza.

En cualquier caso, sigues sin aportar ninguna razón que justifique utilizar a los animales de comida. No necesitamos hacerlo para estar sanos y ellos no han consentido en ser utilizados. Ellos no tienen ningún interés en sufrir para servirnos de recursos. Defender el uso de animales es defender la coacción y la agresión contra ellos por el único motivo de continuar el hábito y el capricho de comer sus cuerpos y secreciones.

El argumento de autoridad es una falacia de autoridad. Además, teniendo en cuenta que Peter Singer defiende la vivisección, la zoofilia, y usar a los animales de comida, él no es ningún referente ético en lo que se refiere a la consideración de los animales. Al contrario, es más bien un referente de lo que no deberíamos hacer para considerar seriamente a los animales y sus intereses.

Por tanto, la carne de laboratorio no es ética.

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A mi modo de ver, el autor de ese blog parecía nada más que empeñado en defender irrazonablemente el consumo de animales y no tener intención de sopesar cualquier argumento razonado que indicara la inmoralidad y la innecesariedad de la utilización de animales en general y de la carne de laboratorio en particular.

Recuerdo que en el blog Pedazos de Carbono también mantuve hace tiempo una conversación sobre este mismo tema, cuyo autor no manifestó la misma hostilidad al diálogo que me encontré en la página de Sapere Aude.

Ninguna razón justifica moralmente apoyar la carne de laboratorio o carne in vitro; la cual implica la explotación de animales. No tenemos legitimidad en utilizar a los animales y no tenemos necesidad hacerlo. No sólo es un proyecto inmoral sino que además es absurdo. Tan absurdo como todo lo que involucra la explotación animal; una actividad que se mantiene sólo por prejuicio y por inercia heredada desde hace generaciones.

Uno de los argumentos más habitualmente esgrimidos para defender la carne de laboratorio es que "la gente quiere comer carne y no va a dejar de querer comerla", pero, incluso aceptando ese irracional argumento, resulta que ya existe la carne vegetal que es indistinguible de la carne animal en aspecto, textura y sabor. La única diferencia significativa es que está hecha de vegetales. ¿Por qué apoyar la carne de laboratorio —que conlleva utilizar animales— cuando ya tenemos este tipo de carne vegetal? ¿Por qué se supone que la gente sí aceptaría comer carne sintética de laboratorio pero que no aceptaría comer esta carne vegetal?

El proyecto de la carne de laboratorio fomenta la errónea creencia de que los seres humanos necesitan comer animales; además de fomentar el prejuicio de que tenemos derecho a utilizar a los demás animales. Todos los recursos que se han empleado en financiar ese proyecto podrían haberse dedicado a fomentar el veganismo y los productos veganos.

En resumen, la carne de laborario es innecesaria, es injusta y es contraproducente. Es innecesaria porque no necesitamos consumir animales para estar sanos. Es injusta porque implica utilizar a alguien sin su consentimiento. Es contraproducente porque desvía la preocupación moral y los recursos hacia la perpetuación de la explotación animal en lugar de hacia el veganismo.


4 de septiembre de 2017

Michael Shermer y la cuestión del especismo




Siguiendo la línea de otros intelectuales dentro del ámbito de la ciencia, como el famoso y añorado Carl Sagan, nos encontramos también ahora con un testimonio del escritor y divulgador de la ciencia Michael Shermer, bien conocido dentro del ámbito escéptico, quien reflexiona en este ensayo acerca del problema moral en nuestra relación con los demás animales. Se trata de un escrito muy breve y conciso, pero tiene su valor sobre todo como incitador a la reflexión y fue publicado en la centenaria y prestigiosa revista Scientific American, leída por millones de profesionales y aficionados a la ciencia en todo el mundo. Su autor tuvo la cortesía de permitirme traducirlo para el público hispanohablante.

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Confesiones de un especista

¿Dónde encajan los mamíferos no humanos en nuestra jerarquía moral?

Michael Shermer

Enero 2014


El argumento esgrimido para defender la explotación de animales para comida, vestimenta y entretenimiento se fundamenta a menudo en nuestra superior inteligencia, lenguaje y autocociencia: los derechos de los seres superiores prevalecen sobre aquellos que son inferiores. Un contrargumento se encuenta en el documental "Speciesism: The Movie" ["Especismo: El Filme"], de Mark Devries, el cual pude ver en su estreno en septiembre de 2013. Los animalistas que llenaban la sala en Los Ángeles vitorearon al eticista Peter Singer de la universidad de Princenton. En el documental, Singer y Devries argumentan que algunos animales tienen una capacidad mental mayor que la de ciertos humanos, tales como los niños, la gente en coma y aquellos que padecen una grave discapacidad mental. Así, el argumento sobre nuestra superioridad se quiebra, según me explicaba Devries: "La presunción de que los intereses de los animales no humanos son menos importantes que los intereses de los humanos podría ser meramente un prejuicio —similar al prejuicio contra grupos de humanos como el racismo— al que denominamos especismo."

Supongo que soy especista. Pocas comidas me resultan más placenteras que un filete magro de carne. Me gusta el tacto del cuero. Y me río cuando escucho el chiste sobre el granjero que castraba a sus caballos con dos ladrillos: "¿Pero eso no duele? No si mantienes tus pulgares fuera de la trayectoria." También me molesta la analogía esgrimida por los activistas acerca de que los animales están padeciendo un "holocausto". El historiador Charles Patterson establece esta analogía en su libro «Eterna Treblinka», y Devries crea una referencia visual comparando la disposición de las granjas industriales con los barracones de prisioneros en Auschwitz. El punto flaco de la analogía está en la motivación de los perpetradores. Como autor de un libro sobre el Holocausto Denying History»] considero que hay un abismo moral entre los granjeros y los nazis. Incluso las granjas industriales, sostenidas por empresas que sólo buscan el beneficio, se encuentran lejos de Adolf Eichmann y Heinrich Himmler en la escala del mal. No hay letreros en las granjas industriales anunciando "Arbeit Macht Frei".

Sin embargo, no puedo reprender a quienes equiparan las granjas industriales con los campos de concentración. En el año 1978 mientras trabaja como estudiante de graduado en un laboratorio experimental sobre psicología animal en la universidad estatal de California, mi labor consistía en ocuparme de las ratas que habían sobrevivido a los experimentos. Se me instruyó para eutanasiarlas con cloroformo, pero no tuve fuerzas para hacerlo. Yo quería llevarlas a los montes conlindantes y permitir que se fueran, pensando que morir de hambre o por depredación sería mejor que gasearlas. Pero liberar animales de laboratorio era ilegal. Así que las maté... con gas. Fue una de las cosas más espantosas que he hecho nunca.

El solor hecho de escribir estas palabras me entristece, pero no tanto como un vídeo publicado por Free From Harm. Descrito apropiadamente como "la más triste filmación de un matadero", el vídeo muestra a un toro esperando la muerte. Él escucha cómo sus compañeros delante de él están siendo matados, trata de retroceder, y mira alrededor buscando una salida. Se muestra atemorizado. Entonces un trabajador le descarga electricidad con una pica. El toro avanza lo suficiente para que el último panel que lo separa de la muerte caiga tras él. Intenta retroceder de nuevo para escapar de la trampa y entonces... !Crac!... es abatido al instante. Muerto. ¿Estoy proyectando mis emociones humanas sobre la mente de un toro? Quizás, pero cuando un inspector que investigaba de forma encubierta le preguntó a un trabajador del matadero sobre el hedor de los desechos, él le respondió: "Los animales tienen miedo. No quieren morir."

Los mamíferos son seres sintientes que desean vivir y tienen miedo de morir. La evolución nos capacitó con un instinto de sobrevivir, reproducirnos y desarrollarnos. Nuestra conexión genealógica, demostrada por la biología evolutiva, proporciona un fundamento científico a partir del cual expandir la esfera moral para incluir no sólo a los humanos —tal y como consiguieron las revoluciones de derechos en los últimos siglos— sino también a todos los seres sintientes no humanos.

Artículo original en inglés en la revista Scientific American: 
y también en el blog personal de Michael Shermer: 

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¿Mis observaciones al respecto? Bueno, por si a alguien le interesa, comentaré que los puntos positivos de la declaración de Shermer me parece que son obviamente el reconocimiento del especismo, así como el hecho de establecer de forma explícita que el requisito para ser incluido en la comunidad moral es la capacidad de sentir

Ahora bien, no sólo los mamíferos son seres sintientes, según se sugiere en el texto, sino que también lo serían, como así lo confirma la Declaración de Cambridge, las aves y otros animales como los pulpos, pero también contamos con fuertes evidencias que indican sintiencia en peces, reptiles, crustáceos e insectos.

En la parte negativa, debo aclararar que, como seguramente muchos se habrán preguntado, Shermer nunca se hizo vegano, hasta el momento. En lugar, decidió apoyar el reducetarianismo. "Algo es algo" dirán algunos —como si de un mantra se tratara— pero ese "algo" no sirve de nada para los animales que siguen siendo las víctimas de una explotación injusta e innecesaria. 

Aunque el reducetarianismo nunca hubiera existido, es probable que Shermer —al igual que muchas otras personas que tienen reticencia a hacerse veganas— ya hubiera reducido o limitado su consumo de animales por iniciativa propia. Por esto muchas personas eligen el vegetarianismo, porque el vegetarianismo resulta más cómodo que eliminar el consumo de animales. El movimiento reducetariano, como bien explica el profesor Gary Francione, sirve para acomodar y perpetuar el consumo de explotación animal con la excusa de que este consumo supuestamente se ha "reducido" o limitado. Lo mismo que el vegetarianismo.

Pienso que si todos los animalistas tomaran la decisión de hacerse veganos, y asumir el veganismo como la base moral de su vida y su activismo, entonces muchas otras personas que comienzan a tomar conciencia sobre el especismo y la explotación animal se verían motivadas con más fuerza a decantarse hacia el veganismo, porque no recibirían mensajes contradictorios por parte de los propios grupos animalistas ni indulgencias que les motivan por el contrario a continuar con la misma mentalidad y hábitos.

Pero si  de momento ni siquiera aquellos que tanto proclaman "amar a los animales" y "defender a los animales" toman la decisión de hacer algo tan sencillo como dejar de explotar a los animales —dejar de usarlos de comida, de vestimenta y entretenimiento— entonces quizás no debería sorprendernos la decisión de Shermer a pesar de todo.

21 de agosto de 2017

Acerca del uso de medicamentos




En ocasiones me preguntan acerca de si ser éticamente coherente con el veganismo significa no poder usar medicamentos porque estos medicamentos fueron experimentados en animales durante su obtención. ¿Es acertada esta suposición? Pienso que no lo sería, por varias razones que expondré a continuación.

Sin embargo, antes de nada, debo aclarar que en este texto no argumentaré sobre la moralidad del uso de animales porque esto ya fue discutido en un ensayo anterior. Aquí parto de la conclusión de que utilizar animales para propósitos científicos es inmoral —así como para cualquier otra finalidad. De igual modo, tampoco discutiré acerca de si este uso es "necesario", útil o beneficioso. Este último punto no es relevante siquiera para la cuestión que aquí planteo. Parto de la base de que este uso puede ser necesario, útil o beneficioso; de acuerdo a la opinión actualmente predominante en la comunidad científica. Si bien, esto no significa que dicho uso sea imprescindible o irremplazable para el progreso científico.

Mi tesis consiste en defender la idea de que el hecho de que los animales hayan sido explotados para investigación médica no significa que no sea moralmente correcto consumir medicamentos que tuvieron alguna relación con dicha investigación. Defender lo contrario sería análogo a, por ejemplo, proclamar que no debemos beneficiarnos de los avances culturales de la Antigüedad porque en esos avances estuvo directamente involucrada la esclavitud humana. Creo que esta objeción no tiene sentido. Aprovecharnos de ese beneficio en el contexto actual no significa apoyar la explotación de seres humanos que estuvo implicada en su obtención o promover de algún modo la explotación de seres humanos.

Asimismo, el consumo de medicamentos no demanda la explotación de los animales. El uso de animales en la ciencia es una decisión de los científicos; no de los consumidores. Se trata de un contexto diferente al consumo de productos de origen animal como carne, lácteos, huevos, miel, lana,..., que son productos comercializados debido a su demanda por parte de los consumidores. Si consumimos estos productos sí que estaríamos apoyando, financiando y promoviendo la explotación de los animales.

Para analizar este asunto con más claridad podemos llevarlo al contexto humano.

Antes de que prevaleciera la doctrina de los Derechos Humanos, se utilizaban de forma rutinaria a seres humanos en investigaciones médicas sin su consentimiento. Uno de los motivos por los que el uso de animales no humanos en investigación comenzó a crecer tanto a partir del siglo XIX fue debido en parte a que se abolió la esclavitud humana y se prohibió legalmente utilizar a seres humanos como sujetos forzados en experimentos. No obstante, empresas y gobiernos siguieron efectuando veladamente experimentos en humanos sin su consentimiento hasta épocas muy recientes, tal y como atestigua el caso Tuskegee, entre otros.



Desde el punto de vista estrictamente científico no habría nada incorrecto en aquella práctica. Era una actividad que beneficiaba el progreso del conocimiento médico sobre la fisiología humana; lo cual beneficiaría a muchos humanos. Esas prácticas sólo serían condenables desde el punto de vista moral. No hay diferencia esencial con lo que sigue sucediendo actualmente respecto de los animales no humanos utilizados en el ámbito de la ciencia. La única diferencia sería la especie. Pero la especie no es más relevante que la raza o el sexo como criterio de discriminación moral.

Considero que si alguien defiende seriamente que no debemos beneficiarnos del resultado de la investigación médica por haber estado involucrado en ella el uso de animales, entonces, por coherencia, debería rechazar cualquier beneficio obtenido por la investigación médica dado que la medicina que tenemos en la actualidad sería parcialmente el resultado del uso de seres humanos como sujetos forzados en experimentación. Por no hablar de otras prácticas abusivas en las que los investigadores han estado implicados.

Curiosamente parece que no ha habido ninguna controversia moral acerca del uso de resultados de los muchos experimentos médicos en los que estuvo implicado el uso forzado de seres humanos. Sólo en el caso de experimentos realizados por los nazis a mediados del siglo XX se forjó una polémica acerca de si sería ético usar los datos obtenidos por los investigadores que habían utilizado a seres humanos sin su consentimiento y para experimentos nocivos. La polémica ha continuado hasta la actualidad y, aunque algunos defendieron que no era ético usar dichos datos, la mayoría de autores argumentan a favor de permitir el uso de esos resultados dentro de ciertos límites [1 , 2], que es coincidente con la tesis que yo defiendo aquí respecto del uso de los resultados en investigación científica que hubiera utilizado animales.

¿Si se hubiera encontrado la cura del cáncer utilizando a seres humanos de manera forzada esto significaría que estamos moralmente obligados a rechazar el beneficiarnos de dicha cura? No. El hecho de negarnos a recibir esa cura no repara el daño ni previene que se cometa el mismo crimen. Beneficiarnos de esa cura no apoya la explotación de seres humanos. Lo mismo se aplica cuando se trata de medicamentos que fueron experimentados en animales no humanos.

Cuestionar que un vegano consuma medicamentos sólo por el hecho de que los científicos utilizaran animales durante su investigación es equivalente a cuestionar que un comunista compre automóviles en un sistema capitalista o a que un liberal acuda a la seguridad social. Un comunista no se opone al consumo ni a la propiedad privada de bienes de consumo sino que se sólo opone a que los medios de producción de estos bienes estén en manos de propietarios privados. Un liberal no se opone a la existencia de servicios públicos sino que sólo se opone que estos servicios sean obligatoriamente estatalizados de forma exclusiva. De igual modo, un vegano no se opone a la ciencia ni a la investigación médica ni  a los medicamentos; sólo se opone a que los animales sean utilizados para fines humanos —según la definición original de veganismo.

Al consumir un medicamento no estamos demandando explotación animal por el solo hecho de que ese medicamento hubiera sido experimentado en animales. Si entendemos que consumir agua no demanda explotación animal —aunque el agua fue testada en animales al igual que todas las sustancias comercializadas para consumo humano lo han sido— entonces consumir medicamentos tampoco la demanda. Hay aspectos de la explotación animal que son estructurales y que dependen de la decisión de los políticos y de los expertos; y no de los consumidores.

En el contexto actual, pienso que lo que deberíamos hacer para oponernos a la experimentación con animales y conseguir terminar con ella es:
  • Explicar y difundir por qué el uso de animales es moralmente condenable: [1] , [2] , [3]
  • Promover técnicas de investigación que no impliquen utilizar animales: [1] , [2]
  • No consumir en lo posible productos de empresas que financien la experimentación en animales y que utilicen sustancias de origen animal en dichos productos. Me refiero también a productos de limpieza y aseo: [1] , [2]
La gran mayoría de medicamentos no proviene de animales ni contiene sustancias de origen animal, salvo algunas excepciones. En el caso de que fuera así, deberíamos tratar de evitarlos en lo posible porquen este caso  estaría habiendo una demanda de explotación animal. Si un producto no contiene sustancias de origen animal entonces es apto para veganos y no demanda en el uso de animales.

En última instancia, los abolicionistas queremos eliminar el uso de animales en la ciencia, y cualquier otro ámbito, pero conseguir este objetivo a nivel social y legal es inviable si antes no logramos que la mayoría de la población comprenda y apoye dicho objetivo y se comprometa con él. Y esto sólo se consigue de manera ética y efectiva mediante la educación vegana.

De todos modos, incluso si beneficiarnos del resultado científico de la experimentación animal fuera moralmente objetable, el argumento de la necesidad que podría excusar el consumo de medicamentos —en tanto que fuera necesario para mantener la salud— no se puede aplicar al hecho de consumir productos de origen animal otros ámbitos como la alimentación y la vestimenta. No tenemos necesidad de comer animales o de vestirnos con trozos de sus cuerpos.

Alguien puede excusar el consumo de medicamentos alegando que es necesario para curar un trastorno o enfermedad y tener buena salud; pero el consumo de productos de origen animal como carne, lácteos, huevos, miel, lana, cuero, piel —y todo aquello que proviene de animales— no se puede excusar apelando a la necesidad en ningún sentido razonable. No necesitamos utilizar a los animales para alimentarnos ni para vestirnos. El uso de animales para alimento, vestimenta y entretenimiento sólo se explica apelando a la costumbre y el placer; no a la necesidad. El uso de animales en la ciencia es el único uso que se podría defender de alguna forma razonable desde una perspectiva de la necesidad —aunque esto no lo justifique moralmente.

Por último, entiendo que quien pretenda cuestionar la coherencia de los veganos respecto del uso de medicamentos debería antes de nada dejar de hacer daño a los animales por placer y por costumbre. Si los animales poseen un valor moral entonces no debemos vulnerar sus intereses por motivo de placer o tradición o comodidad. Si alguien no reconociera este valor moral entonces deberíamos discutir primero este punto antes de entrar a discutir la ética del consumo de medicamentos. Y quien tenga alguna preocupación moral por los animales debería comenzar por dejar de utilizarlos para comida, vestimenta y entretenimiento, para ser coherente con esa preocupación moral. De lo contrario, las objeciones al respecto resultarían meramente en un simple ejercicio formal que carece de interés para quienes deseamos detener la injusticia contra los animales.

En cualquier caso, si alguien piensa que hubiera algún error en esta argumentación, puede exponer sus observaciones en la sección de comentarios; siempre de forma razonada, está de más decirlo.

31 de julio de 2017

Leonard Nelson y la filosofía de los Derechos Animales



Contamos con numerosos autores que escribieron en favor de la consideración moral de los animales no humanos, pero el primero postular la idea de que los otros animales, y no sólo los humanos, poseen moralmente derechos fue Henry Salt. Si bien, Salt no establece un sistema moral ni un entramado de argumentación para razonar su posición, más allá de señalar ciertas nociones básicas y mostrar determinadas contradicciones respecto de las objeciones sobre extender a los demás animales el reconocimiento de derechos.

El primer autor que suele casi siempre ser mencionado como el primero que argumentó filosóficamente acerca de reconocer que los animales tienen derechos morales es Tom Regan. Su obra es un referente ineludible a la hora de comprender y estudiar esta cuestión. Recientemente se ha publicado la traducción al español de su libro canónico «The Case for Animal Rights». Sin duda fue el primero en tener notoriedad pública. Pero no ha sido el único, puesto que, después de él, otros autores desarrollaron su teoría moral en la ética de derechos. Por mencionar algunos: Evelyn Pluhar, Gary Francione, Joan Dunayer y Lee Hall.

Ahora bien, resulta que históricamente Regan no fue el primer autor en exponer un sistema filosófico que incluyera a los animales como sujetos de derechos morales. El primer autor en fundamentar esta idea filosóficamente fue el alemán Leonard Nelson, en las primeras décadas del siglo XX. Sin embargo, su obra pasó ignorada. Al igual que sucedió con muchos otros intelectuales, parece que su trabajo nunca tuvo repercusión fuera de un limitado ámbito académico. Su obra «System of Ethics», en la que argumenta a favor de que los demás animales también poseen derechos morales, entre otros asuntos éticos, fue publicada póstumamente en el año 1932 y traducida al inglés en 1956. La edición que yo he consultado es la edición inglesa.

El único libro publicado en español, que yo conozca, que comente la obra de Leonard Nelson es «Ética y bienestar animal» escrito por Agustín Blanco. Irónicamente se trata de un texto bienestarista que se opone a la idea de reconocer que los animales puedan tener derechos.

En general, parece que no abunde la bibliografía que hable de Leonard Nelson. Excepcionalmente podemos encontrar a Paolo Dordoni, que en su tesis doctoral sobre bioética menciona la filosofía moral de Nelson por lo que respecta a la consideración de los animales:
«Es este un aspecto de extrema actualidad de la filosofía de Nelson, que en este sentido se puede considerar un precursor de la ética de los animales. Aquí no hemos desarrolado la ética de los animales de Nelson que él elaboró cuidadosamente en otros escritos, [...] y que él defendió con su misma práctica de vida siendo vegetariano. [..] De particular relevancia es, junto con la distinción entre “sujetos de derechos” y “sujetos de deberes”, —distinción que abre la puerta a la consideración de los animales como sujetos de derechos y no de deberes— el examen del concepto de interés. Nelson distingue entre el “tener un interés en “x”” que supondría también el ejercicio de la conciencia y “el estar en el interés de alguién tener “x”” que no requeriría el darse de la conciencia y que por eso podría atribuirse también a seres no racionales, como los animales. Para Nelson sólo los animales, porque sólo ellos podrían querer y desear algo, sin que tener con eso que juzgarlo de manera proposicional.»
Este breve párrafo señala el punto central de la teoría de Nelson en su argumentación para defender que los animales sean incluidos en la comunidad moral: los animales son sujetos de consideración moral porque poseen intereses y esos intereses merecen ser considerados a igual nivel que los intereses humanos y deben ser protegidos por derechos.

Señala Nelson que los otros animales experimentan deseos, intenciones y pensamientos y que no es necesario poseer alguna clase de capacidad cognitiva abstracta para poder experimentar dichos fenómenos mentales. Por ejemplo, no es necesario poseer la capacidad intelectiva de pensar conceptualmente sobre el dolor para poder sentir el dolor y el deseo de evitar lo que provoca dicho dolor. El solo hecho de que los animales sean seres conscientes —en tanto que poseen, al menos, consciencia sensitiva— es requisito material suficiente para poseer intereses.

Lo que propone Nelson es que sólo los seres que poseen intereses pueden tener derechos. Tener intereses significa que un individuo —un ser que tiene un mente consciente— experimenta un fenómeno intencional. Esto es, nosotros tenemos un interés en vivir porque deseamos continuar existiendo y evitamos ser destruidos. Ahora bien, si los animales tienen intereses análogos a los nuestros, ¿por qué no debemos considerarlos en igualdad moral a los nuestros? Así lo argumenta el propio Nelson:
«Si aplicamos el criterio del deber, la cuestión de si los animales tienen derechos puede ser fácilmente respondida: sólo tenemos que preguntarnos si, al considerar una acción que afecta a un animal, nosotros consentiríamos semejante acción tras haber contemplado una panorámica cuantitativa de la situación. En otras palabras, debemos preguntarnos si aceptaríamos ser usados como simples medios por otro ser superior a nosotros en fuerza e inteligencia. El hecho de que el hombre someta a otros seres bajo su poder, y que esté en posición de usarlos como medios para sus propios fines, es meramente fortuito.»
Nuestro análisis no debe ser malinterpretado  como un intento de defender el altruismo en relación con los animales. Sólo pretendemos reafirmar un principio de justicia. Esto es por lo que no puede haber un mandato filosófico de subordinar nuestros intereses a los de los animales en cualquier circunstancia. En cada caso que nos veamos confrontados en un conflicto entre nuestros intereses y los de los animales, debemos decidir, después de haber realizado una valoración justa, cuál de los dos intereses merece preferencia. Esto significa que se puede permitir dañar el interés de un animal para evitar un daño sobre un interés preponderante nuestro; pero al mismo tiempo debe haber un límite a la extensión del daño, el cual es permitido sólo bajo la condición de que existe un conflicto real —y esto debe ser demostrado por separado en cada caso. Después de que esta prueba haya sido aportada, debemos cuestionar en qué lado se encuentra el interés preponderante. En ningún caso es permisible considerar que el interés del animal es inferior sin una buena razón y proceder a dañarlo. [System of Ethics; páginas 141 y 142]
El argumento que expone Nelson no tiene nada de peculiar ni misterioso. Es nada más que una aplicación del principio de igualdad. Esto significa que si tanto los humanos como los otros animales tienen intereses similares —referidos a su propia supervivencia, libertad y bienestar— entonces los intereses de unos individuos no deben prevalecer sobre los mismos intereses de los otros individuos. Esto es, nuestro interés en vivir no puede justificar que vulneremos el interés en vivir de otros animales sólo porque sea nuestro interés o porque nosotros seamos humanos. Se trata de los mismos intereses aunque se den en individuos diferentes. Sólo en caso de que se produjera un conflicto real entre individuos se podría justificar que un interés prevaleciera sobre otro. Así sucede, por ejemplo, cuando en un caso de autodefensa justificamos que el agredido tiene legitimidad en dañar su agresor para evitar un ataque, incluso aunque hacerlo conllevara causarle la muerte.

Es muy habitual que se alegue la objeción de que los animales no pueden tener derechos porque no pueden tener obligaciones ni deberes. Es curioso que alguien pueda sostener o creer semejante argumento porque si este argumento fuera correcto entonces muchos humanos no podrían disponer de derechos: niños pequeños, discapacitados mentales, ancianos seniles. Cuando se trata de humanos comprendemos enseguida que la protección de sus intereses no depende de su capacidad para asumir obligaciones o deberes. En este contexto, cuando hablamos de derechos nos referimos primeramente a derechos morales; no a derechos legales.

Es cierto que el concepto de derecho implica el concepto de obligación, pero no es cierto que poseer un derecho conlleve necesariamente adquirir una obligación por parte de quien detenta ese derecho. Poseer un derecho implica que existe la obligación de que ese derecho sea respetado por parte de quienes tienen la obligación de respetar los derechos —los agentes morales, o sujetos de deberes en la terminología de Nelson. Así aclara el propio Nelson que:
[...] debemos distinguir entre los conceptos de "sujetos de deberes" y "sujetos de derechos": en tanto que no podemos descartar a priori la posibilidad de que algunos sujetos de derechos no son sujetos de deberes. Bajo la ley moral, todos los seres que tienen intereses son sujetos de derechos, mientra que aquellos que, además de tener intereses, son capaces de comprender las demandas del deber son sujetos de deberes. Sólo los seres racionales son capaces de semejante comprensión. Por consiguiente, podríamos clasificar todos los deberes restantes, tras excluir los deberes hacia uno mismo, en deberes relativos a los seres racionales y no racionales. Si determinamos a un animal como un ser que es sujeto de derechos, pero que por su naturaleza es incapaz de alcanzar una autodeterminación racional, y un humano como un ser que sujeto de derechos pero que a la vez está potencialmente dotado con la razón, podemos declarar que un deber se refiere siempre hacia un animal o hacia un humano. Es mi posición que tenemos deberes hacia los animales, y que estos deberes son directos, es decir, que no están derivados de deberes hacia los humanos o los seres racionales.» [System of Ethics; página 136]
Leonard Nelson corrige una grave confusión categorial que se remontaba por lo menos a Immanuel Kant, y que todavía seguimos arrastrando por falta de claridad lógica. Lo que Nelson llama "sujetos de deberes" es lo que en la filosofía moral básica denominaríamos hoy en día como agentes morales y "sujetos de derechos" es equivalente a pacientes morales. No es estrictamente necesario asumir una teoría ética de derechos para comprender y reconocer esa distinción.

De este modo habría cuatro categorías morales: [1] seres que son pacientes morales pero no agentes morales: los animales y los humanos incapaces de razonar a cierto nivel. [2] Seres que son pacientes morales y agentes morales: humanos con el suficiente desarrollo intelectivo para comprender las obligaciones morales y, quizás, otros seres no humanos desconocidos con el mismo o superior nivel intelectual, en el caso de que existieran. [3] Seres que no son ni pacientes morales ni agentes morales: los minerales y los vegetales; puesto que los vegetales carecen de la capacidad de sentir y de razonar. [4] Seres que son agentes morales pero que no son pacientes morales: esta categoría estaría vacía, en tanto que no puede existir un ser que carezca de conciencia sensitiva pero que posea conciencia intelectiva.

Es notorio señalar que Nelson distingue obviamente entre humanos y animales —reconociendo al mismo tiempo que ambos serían igualmente sujetos de derechos— pero no distingue entre "personas y animales" sino que de forma tácita estaría reconociendo que la condición de persona no se limita sólo a individuos que formen parte de la especie humana. La noción de persona es una categoría mediante la cual reconocemos que un ser tiene valor moral inherente y, por tanto, merece una especial protección moral que lo proteja frente a injerencias injustificadas. De este modo podemos afirmar razonablemente que los otros animales son personas —personas no humanas.

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