12 de julio de 2013

El origen de la moralidad



«En el fondo de todas las almas existe un principio innato de justicia y de verdad moral anterior a todos los prejuicios nacionales, a todas las máximas de la educación. Este principio es la regla involuntaria sobre la cual, a pesar de nuestras propias máximas, nosotros juzgamos nuestras acciones y las ajenas como buenas o malas, y es a este principio al que doy el nombre de “conciencia”.» ~ Rousseau
Cuando hablamos de moral en general nos podemos referir tanto al contenido propia de la moral [normas, principios, razonamientos] como a la capacidad de poder actuar moralmente, es decir, la moralidad. Existe una cierta confusión entre ambos sentidos de la moral. Si bien no son lo mismo. Al igual que no es lo mismo la lógica en sí misma que la capacidad para comprender el contenido de la lógica. Es una distinción sencilla pero, sin embargo, muchos la confundan como una sola.

En esta nota hablaré principalmente de cómo surge la capacidad moral: la moralidad. Por tanto, al hablar de moral a secas entenderé por ello el contenido de la moral, y por moralidad nos referiremos a la capacidad moral: a la capacidad de comprender y actuar de acuerdo con el contenido de la moral. O en otras palabras: la base fisiológica que permite la existencia de la capacidad moral.


La ciencia no puede determinar una postura moral.


Si bien para comprender cómo surge esta capacidad moral es indispensable recurrir a la investigación científica, —puesto que se trata de una cuestión netamente empírica— es importante tener claro que la ciencia no puede decirnos acerca del contenido de la propia moral, en un sentido valorativo. Es decir, la ciencia nunca va a poder mostrarnos cuál norma debemos seguir o cuál tipo de conducta es moralmente correcta.


En general, la ciencia no puede mostrarnos nada sobre lo que debería ser sino solamente sobre lo que es. La ciencia sólo puede corroborar hechos. De la ciencia no emana la ética. Aunque sin el conocimiento que nos proporciona la ciencia no podríamos disponer de la misma certeza empírica que ayuda a aplicar correctamente nuestros razonamientos morales.

La ciencia puede ayudarnos a conocer el mundo y lograr una mejor calidad de vida. Pero, aparte del conocimiento empírico y el bienestar, la ciencia no puede establecer en qué criterios deben basarte conceptos morales como la libertad, el respeto, la igualdad o la solidaridad.

Por ejemplo, la ciencia no puede decirnos si está bien o mal el canibalismo. La ciencia puede decirnos si el canibalismo es fisiológicamente posible y explicarnos cómo funciona el proceso de asimilación digestiva. Pero la ciencia nada puede decir acerca de su corrección moral. Esta dimensión particular pertenece exclusivamente a la ética. Esto es, a la filosofía moral. La ciencia es un conocimiento de tipo descriptivo, mientras que la ética es de carácter propiamente normativo.


¿Qué nos dice la ciencia acerca del surgimiento de la moralidad?


La investigación científica señala que la moralidad es una facultad singular, que tiene un origen biológico y evolutivo. Esta cualidad —tal y como han evidenciado algunos expertos como Frans de Waal y Marc Bekoff en sus estudios— no solamente aparece en los seres humanos sino también en otros animales, puesto que el sentido moral es una capacidad desarrollada en el intelecto. 


En los estudios realizados sobre la moralidad se exponen evidencias empíricas acerca de la existencia un sentido moral innato, es decir, no determinado por la educación ni el contexto social. Este sentido es compartido no sólo por humanos sino que también aparece en otros animales.



Así, resulta razonable suponer que el sentido moral es una cualidad innata; y no una habilidad aprendida. Esta cualidad se basaría en dos categorías básicas: 

[1] La empatía —comprender intuitivamente que los otros individuos también sienten y poseen intereses como nosotros.


[2] La equidad —la noción mental de que todos debemos ser tratados de manera igualitaria. 


La capacidad moral primaria es inherente al intelecto en determinados animales y funciona de acuerdo con la lógica. Por tanto, la referencia central de la ética es la lógica, y no es el egoísmo, ni la tradición, ni las emociones, ni los gustos o intereses personales, ni tampoco la supervivencia o el poder.


Ahora bien, el solo fenómeno de la evolución biológica no explica la existencia de la moral. No es poco frecuente que se confunda la capacidad de cooperar entre individuos con la capacidad moral.


La capacidad moral es un tipo de aplicación de la lógica inherente a nuestro intelecto. La conciencia moral es un desarollo de la empatía que nos permite colocarnos imaginadamente en el lugar de otros individuos y valorar sus intereses al mismo nivel que los nuestros. Esto tiene como consecuencia lo que denominamos como altruismo. Es un sentido peculiar que no tiene que ver con la supervivencia. 


La moralidad es distinta de la sociabilidad


Un error habitual a este respecto consiste en confundir la capacidad de sociabilidad —cooperar con otros individuos para beneficio propio— con la capacidad moral —la moralidadLa sociabilidad no es lo mismo que la moralidad. 


La moralidad no es necesaria para conseguir la supervivencia individual o para lograr la cooperación colectiva en beneficio de los miembros de un grupo. La capacidad de colaborar con otros es una consecuencia del instinto gregario que se manifiesta en diferentes formas y grados en según cada especie y en cada individuo particular.


La moralidad es una cualidad innata, cuyo contenido es objetivo y universal. En cambio, la sociedad es convencional y relativa. Los principios o reglas morales se derivan puramente del razonamiento, mientras que las normas o pautas sociales se establecen mediante el acuerdo o la imposición externa. Es por esto que podemos juzgar si unas normas sociales son justas — esto es, si están de acuerdo a la moral— o injustas.

Las evidencias muestran que lo que caracteriza particularmente a la moralidad es, por un lado, la identificación con otros individuos —la empatía, y, por otro lado, la consideración igualitaria de los intereses de todos los individuos —esto es, la justicia. Así hablamos de la justicia en sentido moral. Esto no tiene que ver con con la supervivencia, ni con los gustos subjetivos, ni con la reciprocidad.

La moralidad es una capacidad genuina de ponernos en el lugar de los demás, y situar al mismo nivel nuestros intereses a los de los otros individuos, independientemente de las características secundarias de esos individuos: raza, sexo, especie,... Por tanto,  la moral no se puede fundamentar ni en el beneficio propio egoísta, ni en el acuerdo convencional, ni tampoco en los meros deseos subjetivos de cada uno.

Si hablamos de gustos, entonces no hablamos de moral. Los gustos pueden ser moralmente aceptables o pueden no serlo. Si hablamos de acuerdos o de convenciones sociales entonces no hablamos de moral. Los acuerdos y las convenciones puede ser moralmente aceptables o pueden no serlo. Hay un criterio objetivo sobre lo que está bien y lo que está mal. Y sobre ese criterio, por un lado, se basa el sentido moral y, por otro lado, se fundamenta la ética y su contenido.


La moralidad es una cualidad subjetiva pero su contenido es objetivo


En contra de las teorías que afirman que la moral es fruto de la convención social como una forma de conseguir el beneficio mutuo, los experimentos realizados hasta la fecha, evidencian de una manera bastante clara que nacemos con un capacidad moral intrínseca. Es decir, no tenemos solamente en cuenta nuestro beneficio, sino que también somos conscientes, a una edad muy temprana, que los demás individuos también tienen intereses como nosotros, y comprendemos que todos los individuos y sus intereses deben ser considerados, y deben serlo de manera igualitaria. Esto es la moral.

El sentido moral de justicia y de equidad no se basa en una convención social o circunstancial, sino que tiene su origen en un reflejo neurológico cerebral que nos permite aplicar la lógica a la realidad. 

El fundamento de la moral es la lógica, la cual tiene presencia inherente en nuestra mente. Todos los principios y valores morales [verdad, justicia, igualdad, valor intrínseco, responsabilidad, empatía] se basan en la lógica.

El razonamiento moral consistiría esencialmente en aplicar las categorías lógicas a nuestra conducta. La ética es respetar la lógica como criterio de conducta, tanto en la forma como en el contenido de nuestros actos.

Las evidencias contradicen la idea del relativismo moral, al indicar que existe una moral objetiva y universal. Aunque existan códigos morales distintos, que son fruto del contexto social y los intereses particulares de algunos, la moral no es un invento cultural, sino un hecho biológico —neurológico concretamente— que tiene su fundamento en la lógica. La moral es una dimensión y una característica peculiar que surge en el intelecto a partir de cierto desarrollo cerebral.

Como bien señala Steven Pinker:

«Nacemos con una gramática moral universal que nos obliga a analizar nuestras acciones en términos de su estructura moral.» 
A menudo se intenta justificar diferentes criterios morales para diferentes individuos alegando que no todos somos iguales, cuando lo cierto es que, aunque cada uno de nosotros es un individuo único y singular, todos los animales sintientes somos iguales en el hecho de que sentimos, de que tenemos voluntad propia y una serie de intereses básicos comunes.

Por esta razón, la consideración moral debería ser aplicada por
igual para todos los individuos.




2 comentarios:

  1. Qué buen artículo por dios, aclaré algunas cosillas en 5 minutos, lo que no en seis meses.
    Este tipo de discusiones reflexivas y más si se trata de un origen de, se complican al encontrar diversas posturas y como siempre, también diversos puntos de partida de lo que representaría y desembocaría en 'verdadero conocimiento'. Pero carga mucha razón el texto, la moral se me hace casi imposible concebirla de otra forma que no sea como algo inherente al ser, ya otra cosa es, lo que se considera moralmente aceptado o no, sí que es una invención cultural, un contrato, una consideración individual...etc.

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