28 de febrero de 2014

Antropocentrismo: la ley del más fuerte



«Señalar que podemos explotar a los otros animales porque somos “superiores” no es más que decir que tenemos más poder que ellos. Y nada más. Y exceptuando los partidos fascistas, la mayoría de nosotros rechazamos la visión de que el poder establece lo que es correcto. Así que por qué, díganme, está ese principio tan ciegamente aceptado cuando se trata de nuestro relación con los demás animales.» ~ Gary Francione

Se supone que rechazamos el principio de que el fuerte, por el mero hecho de serlo, tiene derecho a someter o destruir al débil. Pero sólo lo hacemos cuando se trata de seres humanos. Cuando se trata de otros animales lo que hacemos es precisamente abrazar y justificar ese principio.

Decimos que nosotros, los humanos, somos mejores, más inteligentes y poderosos que los demás animales y que, por tanto, tenemos una supuesta legitimidad para explotarlos en nuestro beneficio.

Los demás animales son seres sintientes —son seres que tienen una mente con sensaciones, intenciones e intereses propios— pero los tratamos como objetos y los usamos como recursos. Lo hacemos sólo porque podemos hacerlo y porque nos beneficia.

Nuestra actual relación con los demás animales está basada en la ley del más fuerte: aplicamos nuestro poder sobre aquellos que son más débiles e indefensos que nosotros para así obtener un beneficio de ello. Eso es todo. Así basamos nuestra actual relación con los demás animales: en el poder.

Decimos que otros animales no tienen derechos porque ellos no tienen capacidad de defenderse y de reivindicar sus derechos, pero entonces ¿los seres humanos que son explotados y asesinados tampoco tienen derecho ni a la vida ni la libertad? ¿Los niños que padecen abusos tampoco tienen derechos dado que no tienen capacidad para defender sus intereses? De ese modo estamos alegando que sólo porque podemos utilizar y matar a alguien entonces ese alguien no tiene derechos porque no puede defenderse y porque tenemos el poder de imponerle nuestros deseos y violar sus intereses.

No importa qué ideología tenga cada uno individualmente. Cuando aparece la cuestión del especismo, casi todo el mundo de repente asume los postulados del fascismo en su versión más cruda y brutal; esto es, si tenemos el poder de hacerles algo a los demás para beneficiarnos a nosotros entonces estamos legitimados en hacerlo.

Lo cierto es que aunque si bien podemos de hecho explotar a los animales en cambio lo que no podemos es justificar moralmente la explotación animal. Ningún argumento basado en la razón demuestra que la explotación de los animales se pueda ajustar a los principios éticos básicos. El razonamiento nos muestra justo lo contrario.

Los principios fundamentales de la ética ponen en evidencia que la explotación animal es contraria a las nociones más básicas de la moral.

Al utilizar a los demás animales los tratamos como si ellos sólo tuvieran un valor extrínseco o instrumental, e ignoramos que poseen un valor inherente —ellos valoran su propia supervivencia y bienestar. 

Al utilizar a los demás animales estamos supeditando sus intereses a los nuestros, cuando no directamente ignorándolos del todo. Ambas hechos violan el principio de igual consideración

Al utilizar a los demás animales lo hacemos sin tener en cuenta su consentimiento —como si ellos no fueran individuos que tuvieran voluntad propia y fueran meros objetos— y de manera sistemática violamos sus intereses más básicos: su deseo de vivir, su deseo de no sufrir daño, su deseo de disfrutar de su vida y vivir en libertad sin estar sometidos a la voluntad de otros.

Nuestra mentalidad especista permite que hayamos cosificado a seres que sienten hasta el punto de verlos como medios o herramientas que existen para satisfacer nuestros fines. Los hemos convertido en nuestra comida, en nuestra ropa, en nuestro entretenimiento. Los consideramos como nuestra propiedad. Del mismo modo que hicimos con otros seres humanos cuando los convertimos en nuestra propiedad: en nuestros esclavos.

La supremacía de unos seres humanos sobre otros basada en la raza se intenta justificar del mismo modo alegando la superioridad en inteligencia. Lo mismo ocurre cuando se intenta justificar la dominación del hombre sobre la mujer. Y exactamente las mismas excusas se repiten al intentar justificar la explotación del ser humano sobre los demás animales. 

Si realmente tenemos un sentido de la justicia no podemos seguir eludiendo ni excusando este grave problema. No debemos seguir ignorando nuestro especismo. Discriminamos moralmente entre individuos según la especie en la que estén catalogados al igual que lo hicimos según la raza o el sexo.

Si somos capaces de empatía no podremos seguir ignorando la injusticia y los padecimientos que infligimos a millones de animales inocentes. Su aspecto físico puede ser muy diferente al nuestro,  así como su forma de expresarse y de relacionarse con el mundo. Pero sabemos que ellos sienten. Sienten placer y sienten dolor. Sienten alegría y sienten tristeza. Les importa lo que les ocurre. Desean su propia conservación y bienestar. No son cosas; son seres conscientes. Por eso debemos considerarlos como personas —personas no humanas.

¿Vamos a seguir ignorando lo que les estamos haciendo a los animales que explotamos rutinariamente en los mataderos y otros lugares de explotación animal? ¿Vamos a seguir reivindicando justicia para nosotros mientras al mismo tiempo que utilizamos a otros individuos de comida —o nos vestimos con trozos de sus cuerpos muertos o nos entretenemos a costa de su libertad— sólo porque no son humanos? 

La decisión que tomemos marcará la diferencia entre la vida y la muerte, entre la libertad y la esclavitud, para millones de inocentes. Ojalá que tomemos la decisión correcta.

2 comentarios:

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